La convocatoria espontánea de manifestaciones el día 15 de mayo, prolongada con la ocupación de plazas en las principales ciudades españolas, no sólo tuvo una respuesta masiva sino que despertó el entusiasmo y la oportunidad de ocupar el espacio público como lugar de expresión abierta para todo el mundo. Además, se produjo en plena campaña de las elecciones municipales. La espontaneidad de la movilización, a través de las llamadas redes sociales de Internet, provocada por la “Indignación”, tuvo un componente de ambigüedad o incluso de ingenuidad, comenzando por los términos en que fue redactada la propia convocatoria y su reivindicación de una democracia participativa. Al menos, esa fue la tónica dominante de lo que sucedía en Barcelona y la impresión de la información procedente de Madrid y otros lugares. La eclosión social del 15 de mayo fue una revuelta explícitamente ciudadana, ciudadanista, si se quiere, que al denunciar la corrupción rampante del sistema democrático vigente, reclama una regeneración del sistema de representación (rechazo de la corrupción imperante, cambio de la ley electoral, control salarial y de las actividades de los diputados y un largo etcétera de generalizaciones acerca de la degradación política y de su eventual regeneración es la base del “programa mínimo” de los indignados). Desde luego eso no fue todo, también se hizo patente un malestar social larvado, sumamente heterogéneo, cuyo horizonte se inscribía en el marco del sistema de representación democrático (“Democracia Real ya!”, fue la consigna de la movilización, y los manifiestos emanados de las distintas asambleas incidían en la necesidad de cambiar la ley electoral y la adopción de una serie de medidas, obviamente razonables, pero de muy improbable verificación práctica). La movilización se debatía entre el rechazo explícito de los partidos y sindicatos, de su sumisión a los poderes financieros, etc., y la afirmación de ese mismo sistema de representación, sin cuestionar la naturaleza de la democracia como forma política del capital y el hecho de que la única democracia posible en condiciones de dominación capitalista es esta, ya que el grado de concentración de poder ha convertido la toma de decisiones en un ejercicio oligárquico. Cada vez más, la democracia es un asunto de periodistas, profesionales, artistas, grupos de opinión, etc., es decir, de un nuevo bloque conservador en el sentido literal, que pretende mantener un sistema de representación y redistribución de tipo keynesiano (pacto social, estado bienestar) imposibles, y que se muestra incapaz, debido a su posición social y a la cultura política deudora de la izquierda ideológica, de ir más allá de su condición de izquierda del capital.

Hay que constatar, no obstante, un primer aspecto positivo de la movilización de mayo en lo que se refiere al cambio generacional, aunque la explosión de subjetividades que provocó, en la que cada individuo echaba su cuarto a espadas, refleja asimismo una gran dispersión reivindicativa, con un peso predominante de lo emocional colectivo: del gozo de estar juntos y de sentir una fuerza colectiva más potencial y simbólica que efectiva a la hora de ejercer una presión directa sobre las instituciones políticas, económicas y financieras. El entusiasmo, el abuso del lenguaje (spanish revolution, “estamos haciendo historia”, “estamos cambiando el mundo”, etc.) y el mimetismo con otras experiencias recientes (Egipto) ayudan poco a entender las particularidades de nuestras circunstancias, nuestros intereses y la quiebra del modelo que hasta ahora los garantizaba. Entre otras cosas, por ejemplo, se olvida que los acontecimientos de la plaza de Tahrir estuvieron precedidos, en los meses anteriores, por cientos de huelgas en los centros productivos. Pero eso no significa ni mucho menos que tomar la calle, aunque sea simbólicamente, sea un acto inútil. Lo que vienen denotando las recientes manifestaciones (1º mayo 2011 en Barcelona, Huelga General de septiembre 2010, 15 de mayo 2011) es un malestar social de fondo que va en aumento con la prolongación de la crisis económica. Por supuesto, los dispositivos de recuperación desde el aparato mediático no se han hecho esperar: entrevistas a portavoces, representantes (¿¡¿), etc., que como es de sobra sabido es una buena oportunidad para la promoción profesional de nuevos representantes de los movimientos sociales. Además, la invocación de unos representantes políticos honestos y el bajo nivel de politización son terreno abonado para la emergencia de una nueva casta representativa. Pero eso ni es novedoso ni es lo más relevante de la movilización, y los propios indignados en sus asambleas y comunicados han dejado claro que “no representamos a nadie y tampoco nadie nos representa” (acampada de Barcelona).

En las plazas ocupadas hizo aparición la indignación acumulada ante las tropelías y la desfachatez del capital financiero y de su sistema de representación política, lo que expresó asimismo el malestar real que acompaña al proceso de proletarización acelerada de las llamadas clases medias. Eso explicaría las formas ciudadanistas, festivas y respetuosas del juego democrático establecido que se expresan en sus manifiestos y en muchas de las acciones de estos días. En este sentido, también puede entenderse como la eclosión de la heterogeneidad que acompaña a la descomposición social en la que estamos inmersos. Una explosión de descontento, pero de baja conflictividad. Lo que no es en absoluto despreciable si somos capaces de sacar algunas conclusiones prácticas de sus contradicciones.

Desde luego, la movilización pilló por sorpresa a todo el mundo, por su espontaneidad, por dimensión y por su resolución de permanecer. Pero el hecho de la movilización de masas, en si mismo, en su dimensión cuantitativa, es muy poco significativa si no atendemos a los contenidos y al horizonte de transformación en que se inscribe, es decir, a lo que ocurre en el subsuelo, en las formas de socialidad y cooperación que se dan en el desarrollo de las acciones. Es ahí, en esas prácticas elementales, donde la movilización puede evolucionar hacia su autoconstitución como sujeto colectivo. La movilización propiciada simplemente por la indignación ante la corrupción política y el deterioro de las condiciones de vida de una amplia masa de la población sólo puede ser un punto de partida. A fin de cuentas, el fascismo también se nutrió de la movilización de masas cabreadas. Y en el caso de la movilización actual en España, la tónica dominante no apunta, por el momento al menos, a superar el horizonte democrático capitalista. Con todo, estamos ante un movimiento de la población proletarizada en un país capitalista europeo (lo que los sociólogos se empeñan en denominar clase media) que parece que comienza a convencerse, al menos en una parte de los movilizados, de que la estabilidad económica y social que reclama de la gestión administrativa de unos representes democráticos honrados no es posible, que el esplendor de bienestar democrático del pasado no volverá y que hay que buscar otras maneras de vivir. En este punto, se alza una contradicción aparente en donde el lastre de la despolitización programada de las últimas décadas juega un papel fundamental a la hora de canalizar el espíritu de sumisión al principio de delegación que define el sistema de representación democrática capitalista que refleja el “programa de mínimos” consensuado en las asambleas, mientras al mismo tiempo, ese mismo movimiento denuncia la estrecha dependencia del sistema de partidos y sindicatos respecto al sistema financiero. Pues, precisamente, esos aparatos son inservibles para una transformación social democrática y equitativa porque son la expresión política formal del grado de concentración del capital y de decisión política de la élite dominante. Es como si se hiciera tabla rasa de la experiencia histórica que muestra la democracia como una de las formas políticas del capital (la otra es la dictadura, el fascismo) y que las formas políticas dependen de las condiciones en que se desarrolla el proceso de acumulación de capital.

Si todo esto refleja una clara debilidad política, hay otro rasgo sobre el que merece la pena fijar la atención. La importancia que reviste la imagen mediática en nuestra configuración mental induce (especialmente, en las generaciones más jóvenes que protagonizan las acampadas), con frecuencia, un entusiasmo desmedido hacia la tecnología de la comunicación, como ya ocurriera con el “pásalo” de marzo de 2004, con los resultados conocidos, hasta el punto de considerar internet y las llamadas redes sociales como armas en “nuestras manos”, evaluando su eficacia en la movilización, etc., sin caer en la cuenta de las implicaciones que todo el tinglado megatecnológico tiene en la formación de nuestro mundo y en el deterioro de las condiciones de nuestras vidas. El afán de visibilidad y de transmisión proliferante de imágenes de las movilizaciones, haciendo buena la prédica de los propagandistas mediáticos, según la cual lo que no sale en TV o en Internet no existe, es otro de los puntos críticos de las recientes movilizaciones de masas y de los movimientos y tendencias políticas emergentes (¿Para cuando una crítica de la tecnología y de la falacia de su aparente neutralidad?). Llega a resultar agobiante ese afán de visualización que se traduce en la proliferación de grabaciones y en la necesidad de convertir en imagen y objeto mediático la movilización, sin considerar hasta qué punto esa visualización banalizada puede convertir la demostración de fuerza colectiva en la calle en una forma de espectáculo. Sin embargo, ni todo lo que se “ve” es real, ni la realidad de la movilización se agotó en el instrumental mediático.

Paradójicamente, la noche del jueves 19, la obtusa decisión de prohibir las concentraciones por la Junta Electoral Central, ofreció un elemento de agregación y de contenido político a la movilización: mantener la ocupación y evidenciar la contradicción entre el cenáculo de burócratas encargado de hacer cumplir una formalidad legal y el cuestionamiento de la misma por parte de la tantas veces invocada sociedad civil presente en la calle. Algo parecido había ocurrido en Madrid el martes, cuando el desalojo por la policía de la acampada en la Puerta del Sol provocó una afluencia masiva de gente y la reactivación del movimiento, con la reocupación de la plaza. La orden de desalojo demostró, una vez más, el uso instrumental que hacen los administradores democráticamente elegidos de la noción de sociedad civil como coartada legitimadora de sus arbitrarias decisiones. En este sentido, posiblemente los invocadores de la regeneración democrática saquen alguna conclusión. Por lo pronto, hay que reconocer una victoria simbólica a la movilización por lo que significan las acampadas de imposición de la voluntad de la calle frente al aparato burocrático del Estado (Junta Electoral). Cierto que, en plena contienda electoral, los partidos políticos intentaron capitalizar la situación; especialmente, por parte de la oposición (PP) que emplazaba al PSOE a cumplir con la ley y a desalojar por la fuerza las plazas, cosa que los socialistas no hicieron porque aún hubiera agravado más su pérdida de electores.

 

A pesar de la dimensión de la movilización, que reunió a decenas de miles de personas en más de sesenta ciudades españolas durante varios días en medio de la campaña electoral*, su impacto sobre el resultado de las elecciones municipales del día 22 de mayo no parece haber sido relevante. Los reproches a los partidos políticos que desnecaderon la movilización no se reflejaron en las urnas, ya que el nivel de participación general fue mayor incluso que en las elecciones de 2007 (excepto en Cataluña) en casi tres puntos, aunque aumentaron los votos nulos y en blanco, y se advirtió una desviación de votos hacia organizaciones de izquierda (por ejemplo, la entrada en juego de la CUP-Candidatura de unidad popular). En cierto modo, los resultados electorales confirman lo que se decía antes a propósito de los límites de la primavera española; no se cuestiona el sistema de representación sino su utilización por políticos deshonestos, sometidos al sistema financiero, de ahí que una parte de la indignación se canalizara hacia el voto nulo y en blanco. Tampoco la protesta de las plazas, a pesar de tener una de sus motivaciones principales en la denuncia de la corrupción política, impidió que los más descarados trileros del negocio de la política (un centenar de candidatos estaban imputados por casos de corrupción, incluido el presidente de la Comunidad Valenciana) fueran reelegidos democráticamente a los cargos de ayuntamientos y gobiernos autonómicos. Quizá eso haga pensar a alguien en la naturaleza real del sistema democrático y de su articulación como sistema oligárquico en la toma de decisiones que se refrenda y legitima por una fracción de la población con la que mantiene vínculos clientelares.

Por lo demás, los resultados electorales del 22 de mayo registraron el descalabro del PSOE (pérdida de 1,5 millones de votos, respecto a los anteriores comicios) como consecuencia de su gestión capitalista de la crisis (masivas ayudas a la banca, leyes de reforma laboral y de pensiones, recortes sociales, promesas incumplidas, etc.). El triunfo electoral de la derecha, gracias al descenso de la izquierda (el PP obtuvo 500.000 votos más de los conseguidos en 2007) vino a poner en evidencia, en la esfera mediático-política, la fragmentación real subyacente de la sociedad. Que esa fragmentación formal se convierta en polarización social activa, dependerá de la evolución de la movilización del 15 de mayo y, sobre todo, de la intensificación del deterioro de las condiciones materiales de existencia de la población proletarizada en una situación de crisis económica y social que no toca fondo (los analistas, expertos y demás tranquilizadores sociales posponen periódicamente el inicio de la eventual “recuperación”).

Entre otras muchas cosas, se puede decir que la movilización de mayo también reflejó la forma actual de la dominación del capital sobre la población proletarizada, en la medida que la enorme manifestación de subjetividades que se daba en las plazas no alcanzaban a obtener un elemento de agregación consistente más allá del impulso emocional (indignación) que se materializaba en ese programa mínimo que es la reforma de la ley electoral y de las instituciones democráticas. Quizá sea este el nivel que, por el momento, dan de sí las llamadas clases medias en proceso de proletarización acelerada. Un proceso, sin embargo, que particulariza las situaciones individuales hasta la atomización, en línea con la multiplicidad de formas de vida en que se materializa la relación social capitalista en las sociedades avanzadas y que fragmenta hasta el extremo la situación personal de cada individuo, sus recursos, su capacidad de respuesta y su margen de maniobra para la supervivencia, ante las acometidas del proceso de proletarización (1). Y eso se nota a la hora de articular una plataforma reivindicativa que no sea simplemente una circunstancial declaración de intenciones y de generalizaciones propias del discurso ideológico político. En cierto modo, se volvía a hacer patente la sensación de impotencia que acompañó a las manifestaciones masivas de rechazo contra la guerra de Irak. El predominio de lo simbólico por encima de los resultados prácticos.

No se puede dejar de lado que, a la luz de la experiencia, hay dos elementos que son clave en la conformación y consolidación de cualquier movimiento socialmente relevante. Contar con un elemento fuerte de agregación sobre una base física, objetiva y directa, que en la sociedad capitalista tiene que ver necesariamente con la manera en que nos insertamos en la vida social a través de la mediación dineraria necesaria para nuestra subsistencia, es decir, “de qué vivimos” (trabajo, subsidio, becas, soporte familiar, etc.) y “cómo”, de qué manera realizamos prácticamente nuestro acceso a la subsistencia cotidiana. Es sobre esa base física y espacial desde donde emergen los objetivos o reivindicaciones (el segundo elemento) cuya expresión y consecución ayudan a cohesionar y consolidar el movimiento. En el caso de mayo 2011, el elemento de aglutinación respondió a un sentimiento: indignación; lo que se reflejó en propuestas que o bien van a remolque de aquello contra lo que se rebelada (el sistema electoral) o bien se pierde en generalizaciones.

En este sentido también hay un aspecto que llama a la reflexión, a propósito de la manera como se hizo la convocatoria de la movilización, que podríamos decir “por arriba”, desde la comunidad virtual de las llamadas redes sociales de Internet; comunidad donde predominan las prácticas de la comunicación e intercambio de información. A diferencia de los movimientos obreros y populares del pasado reciente, donde el punto de arranque de los conflictos partía “desde abajo”, se enraizaba en las prácticas cotidianas de las comunidades obreras de fábricas y barrios, y cuyas formas y expresiones (sindicalismo, autogestión, etc.) iban a remolque del capital; en los movimientos actuales, la virtualidad de las redes sociales de Internet también van a remolque de la producción mediático-espectacular, al tiempo que acentúan la escisión entre la materialidad de la vida (las circunstancias materiales de cada individuo) y la virtualidad de la comunidad hipercomunicativa (1).

Otra cuestión que es inevitable abordar, se refiere a la capacidad de interrupción del proceso general de circulación y acumulación de capital de esta movilización. Como ocurriera en las movilizaciones contra la guerra de Irak, se trata, para la mayor parte de quienes dieron apoyo a los acampados, de acciones de fin de semana, o de actividades de tiempo libre. Por supuesto, en las movilizaciones de mayo el protagonismo de la ocupación del espacio público fue permanente, pero puso de manifiesto una vez más las limitaciones de la acción práctica de la masa proletarizada periférica del proceso de reproducción social, expulsada del circuito de valorización del capital. De ahí que fuera considerada como un problema de orden público, con una gestión de los costes políticos limitados para los administradores del aparato represivo. En fin, la capacidad de presión de esa multitud congregada en horario fuera de la jornada laboral sobre los centros de decisión política y social se vio sustancialmente reducida no ya por la reivindicación ciudadanista de una regeneración democrática, sino por algo que es mucho más importante; por el hecho de ser una masa de individuos (estudiantes, parados, profesores, jubilados, etc.) que, bien por su marginación y exclusión del proceso general de reproducción de capital, bien por su función secundaria, subordinada, en el mismo (profesores, artistas, periodistas, “creativos”, etc.), limita su capacidad a la hora de colapsar el proceso de reproducción de capital y de imponer sus reivindicaciones. De todos modos, en un plano estrictamente político, lo que ha quedado claro es la extrema fragilidad del sistema democrático, precisamente por su incapacidad para dar una respuesta que no fuera la represiva a cualquier expresión de masas (pacífica y pacifista a ultranza) de disenso. Una ocasión más, en fin, de comprobar el rostro de la democracia, en justa correspondencia con la desvergonzada cara dura del consejero de interior catalán, Felip Puig.

Pero, por encima de todo, no puede pasar desapercibida la enorme creatividad desplegada en la autoorganización de la propia dinámica de las acampadas, de sus discusiones, de su capacidad de gestión práctica (centenares de comidas diarias, por ejemplo, organización de la limpieza, de las actividades, etc.), y de la capacidad de respuesta rápida y solidaria del “exterior” a las peticiones de alimentos, enseres, herramientas y demás medios realizados desde la acampada (inmediatamente después de que la policía abandonara la plaza a mediodía del viernes 27, quedaba reconstruida la acampada, cocina, comisiones, etc.). Y, además, su capacidad de incidencia en el malestar de la “sociedad civil”, es decir, su capacidad de convocatoria y el apoyo recabado entre la población, como se pudo comprobar la mañana del viernes 27 de mayo. Por eso, independientemente de la valoración superficial de su carácter de protesta, de acto contestatario, hay que subrayar una dimensión mucho más rica, mucho más contradictoria, si se quiere, de la que pueda derivarse de la simple lectura de manifiestos y consignas de una movilización desbordante de entusiasmo.

En el plano general, las movilizaciones de mediados de mayo en España pusieron de manifiesto lo que ocurre en el subsuelo social; la presión sorda pero realmente existente de las masas. Esa presión que lleva a las élites dominantes a propiciar la paz social subvencionada, precisamente debido al miedo a “las clases peligrosas” (aunque la participación de inmigrantes y jóvenes de banlieue no haya sido especialmente relevante, al menos en Barcelona) y a sus prácticas (lazos de apoyo mutuo que subvierten o suprimen las mediaciones de la economía capitalista, irrupción en los espacios públicos y privatizados, y la expresión de exigencias sociales que, en definitiva, obligan a un nuevo reparto (2)). Si valorar los acontecimientos como mera expresión del ciudadanismo de las clases medias en proceso de proletarización sería insuficiente y superficial, otro tanto podría decirse de quienes intenten hacer balance en términos de victoria o derrota. Más allá de la espectacularidad de la represión y del saldo lamentable de más de un centenar de heridos (dos muy graves), lo importante es que esa movilización fue capaz de generar en miles de personas la conciencia de que la acción solidaria de masas puede tener efectos tangibles en la conquista de un espacio de expresión y en una eventual consecución de objetivos, por modestos (ciudadanistas) que hayan sido los que aglutinan a esta movilización. Están por ver las consecuencias que en la esfera de la representación política puedan tener las movilizaciones, pero de lo que no cabe duda es que se ha sentado un precedente de que “cuando queramos, volveremos”.

Dejando de lado lo que la disyuntiva victoria/derrota comporta de sumisión a la ideología dominante y a la tentación esteticista de la derrota como tema literario, hay que reconocer, además de la victoria política sobre la Junta electoral a que antes se hacía referencia, o la de Plaça de Catalunya el viernes 27 (ver Apéndice), el aprendizaje político práctico de miles de personas que adquirieron una rica experiencia de autoorganización y un despliegue de vitalidad en la dinámica de confrontación con los aparatos de poder constituidos y de cuya decantación personal y colectiva dependerá el futuro inmediato de la intervención política.

A fecha de hoy (2 de junio), los acampados de Barcelona han decidido continuar en la plaza, manteniendo la dinámica de discusiones e intentando encontrar una alternativa para la continuación del movimiento. Aunque la actividad práctica de la vida cotidiana sostiene la movilización en la plaza, además de otras manifestaciones para pedir la dimisión del consejero de Interior catalán o la convocatoria internacional de manifestaciones para el 19 de junio, existe el peligro de que el voluntarismo volcado en mantener la movilización vaya erosionando poco a poco la moral y el propio movimiento se vaya extinguiendo. Desde luego, los acampados son conscientes de ello, como lo prueba el hecho que se plantee la discusión acerca de cómo seguir. Independientemente de cuál sea la deriva por donde discurra y de las contradicciones (ciudadanismo democrático) y logros coyunturales de la movilización iniciada el 15 de mayo, es innegable que ha vuelto a poner en el primer plano de la actualidad la cuestión de la acción autónoma de masas (que no la autonomía de lo político, como algunos pretenden) y su potencial de desestabilización del statu quo social en un contexto en el que las causas profundas que dieron origen a la protesta de mayo no sólo permanecen, sino que se irán agravando con los recortes sociales anunciados.

 

Apéndice.

Pequeña crónica de una jornada intensa

El 27 de mayo de madrugada, el gobierno catalán, con la excusa de hacer limpieza y retirar objetos peligrosos que pudieran ser utilizados ante la eventual celebración de la victoria futbolera del Barça, envió a la policía e intentó desalojar la plaza. La resistencia pasiva de los acampados impidió el desalojo y desde primeras horas de la mañana miles de personas fueron llegando a la plaza en respuesta a la llamada de los acampados. De ese modo, la policía, que rodeaba el centro de la plaza, fue rodeada por los miles de personas que iban llegando (a las 14,30 h. habría unas 5.000, aunque soy mal calculador). Como ocurriera la semana anterior en Madrid, el intento de desalojar la plaza tuvo un efecto de convocatoria aún mayor. A lo largo de la mañana, los intentos de la policía de dispersar a los concentrados fueron inútiles, aunque las provocaciones y agresiones por parte de la policía fueron constantes (129 heridos, de los cuales 2 muy graves). A pesar de todo, la actitud de los concentrados fue absolutamente pacífica, bloqueando los movimientos policiales con sentadas y con el gesto ya habitual de la presentación del cuerpo con las manos en alto, mientras la policía, con cargas racheadas, golpeaba como en los tiempos de Franco. Llama la atención el ensañamiento con que se producen contra los jóvenes. Es como si soltaran a los policías de sus cuarteles con la consigna de dar caza y escarmiento a cualquier joven con pinta de contestatario. A lo largo de la mañana, ante las dificultades para las operaciones de los servicios de limpieza que fueron introducidos en el centro de la plaza como ariete para romper la unidad de la acampada, hubo un intento de mediación a propuesta de un abogado perteneciente a un organismo internacional de derechos humanos. La policía hizo una propuesta, como siempre, con la excusa de la limpieza, que la asamblea de los concentrados de la plaza (de donde ya iban saliendo algunos acampados) rechazó al entender que se trataba de una estratagema policial para desalojarlos, y así lo hicieron saber a quienes les daban apoyo en la plaza, al otro lado del cordón policial. Continuaron por un tiempo las provocaciones y apaleamientos policiales, pero la firme resolución de resistir y la masa de gente concentrada en la plaza, “convenció” a los robocops que tenían que retirarse; cosa que hicieron no sin antes hacer algunas maniobras para sembrar el terror (más disparos de fogueo, carreras de furgones por la calzada con las sirenas a todo volumen, etc.), pero sin ningún resultado. Ese sentimiento de estar juntos, de permanecer así, sin más, fue la fuerza que se impuso y que, enseguida, procedió a la reconstrucción del campamento en el centro de la plaza. Como en las jornadas anteriores, la mezcla de ingenuidad, humanitarismo, ausencia de agresividad, etc., de la multitud de jóvenes continuaba siendo la misma, pero esta vez con una experiencia en propia carne de lo que significa “su” democracia. Era conmovedor –especialmente, para quien viene de otras experiencias del pasado- ver cómo jóvenes veinteañeros en camiseta, sentados en la calle, bajo un calor sofocante, increpaban a los energúmenos armados (3) con un tono entre la ironía y la reprensión didáctica (algunos les ofrecieron flores y hubo quien les ofreció hasta un libro), desdramatizando una situación que, en cualquier momento, podía degenerar en tragedia. Por otra parte, los estudiantes de las facultades del barrio de Pedralbes, enterados de lo que ocurría en Plaça Catalunya, cortaron la avenida Diagonal, con lo que bloquearon una de las principales vías de acceso a la ciudad.

La victoria táctica que supuso obligar a la policía a abandonar la plaza y mantener la ocupación en las primeras horas de la tarde hizo posible que la manifestación convocada por entidades cívicas contra los recortes sociales para las 5 de la tarde se uniera a los acampados (de hecho, la manifestación acabó en la Plaça Catalunya). Eso significó una aportación de varios miles de personas más (niños incluidos) a la concentración y un refuerzo de la propia ocupación (más tiendas acampadas). Los responsables de orden público en el gobierno catalán constituido en noviembre pasado, parecen haber agotado en las artimañas de la corrupción todas sus habilidades porque han demostrado una ineptitud absoluta a la hora de gestionar el conflicto surgido en torno a la plaza de Cataluña de Barcelona. Burócratas de la consejeria de Interior, mandos policiales y tropa estuvieron a punto de provocar una tragedia que sólo la extraordinaria dosis de paciencia pacifista de los “indignados” evitó. Todo ello hizo que en las primeras horas de la madrugada del sábado hubiera más de 12.000 personas en la plaza. Entretanto, la asamblea de ocupantes decidió que acabaría la ocupación de la plaza el domingo, como estaba previsto, además de introducir nuevas reivindicaciones (dimisión del responsable de interior del gobierno catalán). Existía un temor a que la celebración de la victoria del Barça, después del intento de manipulación anterior por parte del responsables de orden público, fuera la ocasión para introducir provocadores en la acampada, pero no fue así. Aunque los hinchas se mantuvieron en los alrededores de la acampada, aunque como siempre en este tipo de celebraciones hubo disturbios y un centenar de detenciones, y otro centenar de heridos.

 

Notas.

*En el momento que se redacta este texto, la movilización continúa.

1. Por supuesto, las contradicciones estructurales que se derivan de la crisis capitalista no se solucionan por medio de dispositivos de individualización que permitan un cierto margen de maniobra individual -cada vez más estrecho- a la hora de buscarse la vida, pero es necesario constatar su función como factor atenuante y distorsionador de la conflictividad social.

2. Esta reflexión viene a cuento de una cuestión presente en la movilización acerca de la vivienda y las hipotecas. Una de las reivindicaciones sociales más candentes tiene que ver con la vivienda (más de 90.000 familias han sido expulsadas de su vivienda en España desde el estallido de la burbuja inmobiliaria por no poder pagar la hipoteca). Así, por ejemplo, entre los afectados por las hipotecas se plantea la dación (cancelación de la deuda hipotecaria con la entrega del piso al banco o caja de ahorros). Ahí encuentra la movilización de mayo una de sus pruebas de fuego, si no quiere quedarse en mera retórica, es decir concretar opciones prácticas de consolidación social, como pudiera ser el compromiso de defensa activa, barrio a barrio, de las ocupaciones de viviendas deshabitadas en manos de bancos, cajas de ahorro y otros especuladores, como ya ocurriera en algunos barrios obreros en los años setenta.

3. Para añadir más complejidad a la ya de por sí bastante confusa situación social y política general, cabe añadir que en las manifestación del 14 de mayo, convocada por partidos, sindicatos y demás instituciones cívicas del Estado, contra los recortes sociales, también estuvieron presentes los sindicatos de la policía catalana, reclamando más presupuesto para sus departamento.

 

                  1. V., Barcelona 2 de junio de mayo de 2011.